Corazón de piedra

Recuerdo haber sido de pequeña la típica niña que lloraba por casi todo, mi corazón se conmovía con facilidad y mi cuerpo era muy sensible ante golpes y raspones, durante el inicio de mi adolescencia (10 u 11 años quizá) mis lágrimas se convirtieron en lo que me definía, el objeto de burla entre mi familia y amigos, ellos tenían apodos y frases sarcásticas listas para salir, romper mi corazón y, una vez más, hacerme llorar en un círculo vicioso interminable, hasta que un día en medio de mi frustración me prometí que nadie, nunca más me haría llorar. 
Ésto no fue posible, cómo es de esperarse las nuevas heridas y el dolor no tardaron en llegar, pero durante unos años nadie me vio llorar, el dolor se convirtió en un enemigo que debía derrotar en silencio y a solas, había asumido el compromiso moral de demostrarle a todas las personas que me conocían que yo era una chica inquebrantable y perfecta, y la mejor forma de demostrarlo era siendo lejana.
 
 La ira, el sarcasmo y la indiferencia estaban bajo mi manga por si algo me desestabilizaba emocionalmente y con éstas armas herí sin cesar a muchas personas que amaba.
Todo para evitar el dolor…
Algunos capítulos de mi vida quebrantaron profundamente mi corazón, me encontré un par de veces ahogada en un mar de ansiedad y sedienta en un desierto de dolor clamando a Dios por su ayuda y consuelo, la farsa del corazón de piedra que había construido se desplomó bajo presión, y fue muy difícil abrir nuevamente mi corazón después de aquella promesa que hice de niña, pero aquí van algunas cosas que he aprendido en el proceso de sanación y restauración que quizá te sirvan de ayuda:
  • Enorgullécete de tu vulnerabilidad

Sé que puede sonar contradictorio gozar de tus debilidades, pero es precisamente la vulnerabilidad de tu corazón lo que te permite amar profundamente, mostrar compasión, admitir un error, reír hasta las lágrimas y disfrutar de un hermoso atardecer.

Tu corazón fue diseñado meticulosamente para cuidar, guiar y cautivar éste mundo. 

No permitas que nadie te haga sentir débil por mostrar compasión, perdonar o actuar con bondad y misericordia, tienes la maravillosa encomienda de mostrar la gracia de Dios.
  • El dolor debe ser sentido

Muchas veces me encontré viviendo en automático, hablando lo necesario para ser cortés, respondiendo con un “bien” a cada “¿cómo estás?” y estallando en ira con cada agresión, mi corazón estaba tan herido que cada roce con el mundo dolía mucho, mi armadura de hierro no me estaba protegiendo lo suficiente y estaba atascada sin encontrar sanación.
La realidad es que el dolor debe ser sentido, y sólo así dará paso a la restauración, llora cuanto necesites llorar, busca una buena amiga con quien puedas hablar, ve a terapia, y sobre todas las cosas no olvides que Dios prometió secar todas tus lágrimas [Apocalipsis 21:4], las mismas manos que sostienen el universo tocarán tus mejillas, los dedos que pintan el amanecer acariciarán tu rostro, las manos que fueron traspasadas por un clavo romano en una cruz te abrazaran en gracia.

 

 

 

  • Ésto también pasará

En medio del llanto se siente como si el dolor hubiese prometido permanecer para siempre, la salida se ve tan lejanas y nuestras fuerzas son tan escasas que parece que nunca acabará.
Sin embargo así como los buenos tiempos pasaron, los malos también pasarán.
Vivimos en un mundo cambiante, llenos de noticias inesperadas, experiencias sorpresivas y personas nuevas, quizá nunca recuperes aquello que perdiste, pero déjame decirte que cuando el dolor pase un mundo lleno de posibilidades maravillosas estará esperando por ti para ser transformado.

 Y por último, recuerda una vez más que no estás sola, que eres valiosa y amada por tu Padre Celestial. 

Si necesitas hablar con alguien por algún proceso de dolor que estés viviendo puedes escribirnos haciendo click acá  

NO estás sola

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